La automatización impulsada por la IA podría reemplazar empleos tradicionales, aumentar las desigualdades o vulnerar la privacidad de las personas si no se establecen normas claras y mecanismos de control. Por ello, el desarrollo de esta tecnología debe ir acompañado de una reflexión ética y de políticas que garanticen su uso justo y transparente.
En definitiva, la inteligencia artificial no debe entenderse como una amenaza, sino como una herramienta poderosa que, utilizada con conciencia y equilibrio, puede contribuir significativamente al bienestar humano y al progreso global. Su verdadero valor dependerá no solo de lo que sea capaz de hacer, sino del propósito y los valores con los que la humanidad decida emplearla.

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